Monseñor Alonso Manuel Escalante

Escrito por el Padre Juan Antonio Muñoz H., MG

ALONSO M. ESCALANTE

Vocación y respuesta

Quienes convivieron con él o llegaron a conocerlo, tuvieron la experiencia y la intuición de que Dios lo quería como presencia dedicada que aumentó hasta convertirse en un fenómeno nacional.

Mons. Escalante, Vocación y respuesta

Alonso M. Escalante sabía que su ministerio sacerdotal, en un primer momento; y luego su ministerio episcopal, bien podrían abrirse al mundo sin prisas espectaculares pero sin pausas.

 

En primer lugar, dejó el círculo estrecho de su propio entorno: la familia, los amigos y la patria. Primer paso que por otra parte, era una exigencia de los amplios horizontes misioneros que portaba en germen.

Mons. Escalante, Vocación y respuestaEl segundo paso fue la respuesta total a la vocación misionera al ingresar a un instituto misionero.

El tercero, su ordenación sacerdotal. Los años en el oriente al servicio de la evangelización de los no-cristianos y los años en la selva boliviana, los cuales marcaron el inicio a su ministerio como obispo.

El cuarto la organización, el impulso y la consolidación de los Misioneros de Guadalupe, confiados a su cuidado por la asamblea de los obispos mexicanos que se preocuparon por cumplir el mandato de Cristo: Ustedes serán mis testigos hasta los confines de la tierra.

 

Esta página, escrita desde la proximidad no tanto cronológica, sino espiritual y afectiva, quiere ser un espacio donde lo sorprendamos y lo encontremos tal como era.

La puerta y el camino para llegar hasta él será la cotidianeidad del misionero. Cuantos hemos franqueado esa puerta y recorrido ese camino, hemos sentido una extraña fascinación y hemos sido ganados por ella. Es el fenómeno que sólo se produce en el encuentro con el que ha vivido la misma experiencia.

 

ALONSO M. ESCALANTE

en lo humano

Siendo sus padres Alonso y Alicia, nació el 24 de diciembre de 1906 en Mérida, Yuc. México. En 1915 partió a Nueva Jersey, Estados Unidos donde fue matriculado en el Colegio de San José. En 1920 ingresó al Seminario de Misiones Extranjeras de Maryknoll, bajo cuyos auspicios fue ordenado sacerdote el 1° de febrero de 1931.

Mons. Escalante y S. S. Pio XII

Desde aquella época surge la personalidad del mexicano educado en Maryknoll, que se pone al servicio de Dios y de la Iglesia.

Poseedor de una profunda alegría y de un gran sentido del humor, encontraba siempre la forma chusca a todas las cosas, con la virtud de hacer sentir a sus interlocutores que eran personas estimadas e importantes.

Sus anhelos sacerdotales se vieron cumplidos en arduas empresas misioneras que llevó adelante con extraordinario celo y espíritu altamente organizativo y dinamizador. En lo que fuera Manchuria, región legendaria de la China y en Pando, región selvática de Bolivia en América del Sur, ahí le sorprende el llamamiento a ser obispo, a sus treinta y seis años de edad.

Un Seminario de Misiones Extranjeras, nuestros obispos hicieron suya la idea tímidamente nacida, llevándola hasta la feliz realización. Los mismos obispos mexicanos habían pedido al papa Pío XII que aquel joven obispo volviera al suelo patrio para hacerse cargo de la fundación y dirección de aquella obra incipiente.

Más tarde llevaría personalmente a sus misioneros a Japón (1956) y Corea (1962) en Asia y a Kenia (1965) en África.

Organizado y práctico, supo encauzar y fomentar actividades como órdenes diversos. Mucho pudiéramos decir de su fidelísima asistencia y trascendentes aportaciones a la Conferencia Episcopal; de las iniciativas que tuvo como director de las OMP; de su apoyo incondicional a las religiosas; de su participación en los trabajos de Concilio Vaticano II, particularmente en cuanto miembro de la Comisión de Misiones; de la estimación con que contaba en Roma,  por parte de la Congregación para la evangelización de los pueblos.

 

ALONSO M. ESCALANTE

en lo espiritual

Desde joven estudiante se sintió inmensamente atraído al sacerdocio de Cristo y quiso participar de él, por lo cual vislumbró que su vocación personal se enlazaba con su amor por las misiones universales de la Iglesia.

Corazón abierto, desprendido, generoso y optimista. Para él no existían barreras infranqueables. Con su sencillez característica, más con obras que con palabras, demostraba su amor por los demás y vencía las dificultades.

Sacerdote de Cristo en 1931 y obispo en 1943, encontraba nuevas y más amplias realizaciones. Episodio conmovedor y al mismo tiempo arcano de su vida fue venir a México desde Bolivia, por propia iniciativa, a postrarse y recibir la ordenación episcopal ante nuestra madre santísima de Guadalupe.

Tenía un corazón de oro, corazón de padre, de verdadero obispo, de ejemplar sacerdote, de auténtico misionero, de íntegro cristiano. Las puertas de su casa y de su corazón siempre estaban abiertas a toda iniciativa noble, a toda sugerencia y principalmente a cualquier llamado angustioso, a cualquier necesidad, a toda súplica.

Unido íntimamente a Jesucristo, tuvo que participar de sus dolores. A quienes tuvieron el honor de tratarle, consta que también sufrió y, a veces, hondamente. No hay alma grande que no pase por el crisol del dolor.

Cuatro virtudes indican otros rasgos de su espiritualidad: alegría, simplicidad, laboriosidad y naturalidad frente a lo sobrenatural. Al creyente lo sentía tan cercano como el ateo, lo cual le permitió llegar y hacerse presente con todos los que se encontraba, pero adentro, muy adentro de la persona.

Reflejó constantemente gran iniciativa y organización, pero en la obediencia.

Siendo tan amplia su visión del mundo, cada uno sentía ser alguien muy especial para él. Parecía que su corazón era muy  amplio, ofrecía un apartado estupendo para cada uno.

La muerte interrumpió su ruta, hasta en las circunstancias de su muerte encontramos el sacrificio total de una vida entregada a Cristo y a la evangelización de los pueblos… Lo vimos llegar, irse, volver, ausentarse otra vez y, con renovada juventud, contagiar su optimismo, oír quejas, enjuagar lágrimas, endulzar amarguras, alentar empresas, aconsejar, sugerir y, discreta pero atinadamente, también manejar la saludable mano izquierda.

 

ALONSO M. ESCALANTE

en lo misionero

El jovencito de sólo catorce años, llamó a las puertas de los Misioneros de Maryknoll, cerca de Nueva York. Sintió ansias de redención del mundo no-cristiano. Por impulsos de esa vocación misionera, tuvo el valor de renunciar a la familia, a la patria, a cuanto en ella se encierra, dispuesto a marchar a las tierras más remotas.

Apenas recibida la ordenación sacerdotal, en 1932 fue enviado como misionero a Fushun, en la región que fuera Manchuria (China). Hubo de recorrer las poblaciones de Tonghua, Sinpin y Dalian. Había allá una misión llamada Chiaotou, que nadie quería por ser muy peligrosa y que, a fin de cuentas, él fue quien la pidió.

En 1940, fue llamado a Nueva York para dar clases en el Seminario Mayor de Maryknoll. Siempre muy práctico, enseñó a sus alumnos lo que se había publicado sobre la materia, comunicó su propia experiencia y luego los lanzó a diversas parroquias para que practicaran lo aprendido en clase. Estableció así una tradición que llegó a consolidarse a través de los años.

En 1942 fue enviado a Bolivia donde casi todo estaba por hacerse. El Vicariato Apostólico recién creado, se encontraba en un rincón muy alejado, de modo que los víveres y el combustible enviados a los misioneros, junto con otros productos, tardaban en su recorrido a través de los ríos hasta dos y tres meses.

Él y sus compañeros tuvieron que luchar contra las violentas fuerzas de la naturaleza. A él tocó establecer centros misioneros, escuelas, hospitales, planes de acción, medios de comunicación, pedir ayudas de todo tipo para dichas obras e introducir en la región  el barco-capilla como instrumento de evangelización.

Después de cinco lustros de su salida de Pando, aún reconocían que los métodos iniciados por él, formaban parte del gran plan apostólico del Vicariato.

En 1943 recibía la ordenación episcopal en la Basílica de Guadalupe. Su espíritu mexicano y misionero era completo y su genio organizador entusiasmaba a cuantos lo rodeaban.

Su dedicación a las misiones, en fidelidad a la vocación que alentó su vida, suscitó en otros la conciencia de una actuación misional organizada y duradera, pues México, de raíces íntegramente cristianas, debía transmitir la fe de la cual es depositario y no en menor grado que otras naciones.

Podemos agregar que, por su genio, supo interesar a todos los católicos mexicanos en la difusión del Evangelio, con lo cual México se yergue pujante en vida cristiana y en florecimiento de vocaciones.

El espíritu legado por él a los Misioneros de Guadalupe, espíritu de optimismo, de lucha, de alegría y sacrificio, responderá a las exigencias misioneras de todas las épocas.