Una histórica canonización

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Ante miles de peregrinos que viajaron desde distintas partes del mundo hasta Roma para atiborrar la Plaza de San Pedro, la Vía de la Conciliación y calles aledañas, el Papa Francisco celebró el 27 de abril, Día de la Divina Misericordia, la Misa solemne en la que Juan Pablo II y Juan XXIII, cuyos retratos estuvieron colocados en la fachada de la Basílica de San Pedro, fueron canonizados.

Después de la procesión de entrada del Colegio Cardenalicio y del canto de la Letanía de los Santos, así como del beso al altar y de la incensación del Cirio pascual, el Papa Francisco se acercó a Benedicto XVI, Obispo Emérito de Roma, para saludarlo.

A continuación el Cardenal Angelo Amato, Prefecto de la Congregación para la Causa de los Santos, dio inició al rito de canonización con la primera petición al Papa Francisco de la inscripción de los beatos Juan Pablo II y Juan XXIII en el Libro de los Santos. Después de la tercera petición del cardenal, el Vicario de Cristo declaró santos a los pontífices; esta afirmación fue aplaudida por los miles de feligreses que ahí se encontraban reunidos.

Posteriormente las reliquias de los recién nombrados santos fueron llevadas al altar: Floribeth Mora Díaz peregrinó con el relicario de Juan Pablo II y cuatro sobrinos-nietos, el alcalde de Soto il Monte y el presidente de la fundación que lleva el nombre del apenas nombrado santo llevaron en procesión al altar las reliquias de Juan XXIII. Posteriormente el Cardenal Amato solicitó a Su Santidad la publicación de la carta apostólica de la canonización.

Luego de las lecturas, que fueron extraídas de los Hechos de los Apóstoles y de la Carta de san Pedro, y del Evangelio, que correspondió a san Juan, Su Santidad dijo durante la homilía que “San Juan XXIII y San Juan Pablo II tuvieron el valor de mirar las heridas de Jesús, de tocar sus manos llagadas y su costado traspasado. No se avergonzaron de la carne de Cristo, no se escandalizaron de él, de su cruz; no se avergonzaron de la carne del hermano (cf. Is 58, 7), porque en cada persona que sufría veían a Jesús.” Agregó además que san Juan Pablo II fue el Papa de la familia.

El Pontífice de Roma a continuación consagró las hostias y el vino, que fueron distribuidos por 870 sacerdotes durante la Comunión a los fieles. Antes de finalizar la Celebración Eucarística, Su Santidad agradeció a los cardenales, obispos y sacerdotes de todo el mundo; además saludó especialmente a los peregrinos de Bérgamo y de Cracovia, a quienes les dijo que deben honrar la memoria de los dos santos. Después del agradecimiento, el Papa Francisco oró delante de la imagen de la Virgen María.

Tras la bendición, el Papa Francisco se acercó nuevamente a Benedicto XVI, Obispo Emérito de Roma, quien junto con el Colegio Cardenalicio concelebró en esta Misa solemne; además recorrió la plaza en el papamóvil para saludar a los fieles. Después del paso de Su Santidad, poco a poco comenzó a vaciarse el lugar; sin embargo, quedaron expuestas las reliquias de san Juan Pablo II y san Juan XXIII para que los fieles puedan visitarlas.

Misa completa:

 

 

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